COLLAGE
Lograr, una educación inclusiva y personalizada, es algo
complejo, pero no imposible de alcanzar, como lo sugiere Odet Moliner en
su libro: Prácticas inclusivas: experiencias, proyectos y redes, para
hacerlo: “debemos recurrir a una planificación más individualizada, así
como a prácticas pedagógicas que permitan adaptarse a las características
individuales de cada alumno, con o sin dificultades de aprendizaje y también
asegurarnos que cada estudiante incluido en una clase ordinaria, reciba un
currículo y unos servicios especializados para un aprendizaje de calidad, lo
que supone intervenciones especializadas”
Esto supone un reto para las escuelas inclusivas, que se
cataloguen como tal, pues deben prepararse para llevar a cabo una
adaptación que contemple cada una de las dimensiones físicas,
curriculares, cognitivas, emocionales y sociales de los niños. A fin
de crear estrategias de aprendizaje personalizadas, que permita al
estudiante tener un desarrollo integral, acorde a las necesidades y
competencias que demanda la sociedad del conocimiento del siglo XXI.
La educación ha traído nuevos cambios y transformaciones que
exigen a los ciudadanos del siglo XXI desarrollar nuevas aptitudes, habilidades
y competencias para aprender, socializar y comunicar.
Esta definición nos ayuda a entender el papel que desempeña
la escuela inclusiva del siglo XXI. Una escuela que cimienta sus bases sobre
tres ejes principales la equidad, la cooperación y la solidaridad,
que en conjunto, buscan construir un entorno social incluyente
facilitador del proceso de enseñanza aprendizaje por medio de un modelo
pedagógico.

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